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El temperamento, la forma de ser, ese rasgo que define el carácter de cada quien es algo que nos viene de cuna. Y eso es lo emocionante de ver a un bebé pasar la barrera de los 6 meses, que pasa de ser un repollito que sólo se llora, ríe, come, duerme y ensucia pañales como si fueran gratis, a ser una personita. Desde que mi bebé estaba en la barriga íbamos imaginando cómo sería. Si heredaría mi forma de ser extrovertida, gritona, casi sin sentido del ridículo, o si sería más bien reservada y prudente como su papá. Descubrir el temperamento del bebé es tan emocionante, como descubrir el color de los ojos y del pelo, la forma de la boca, o si tiene los deditos del pie amontonados como alguno de nosotros.

Poner atención a esos rasgos del carácter nos ayudará como padres a hacer una mejor labor de crianza. Al menos así lo presenta el Dr. Terry Brazelton, autor del que hoy en día es mi libro favorito, y quizás uno de los pediatras más reconocidos de Estados Unidos. El Dr. Brazelton habla de que entre los 6 y 7 meses, el reconocer rasgos de temperamento nos ayudará incluso a identificar situaciones que requieren cierto tipo de acciones específicas por parte de los padres:

“El concepto de temperamento es importante para los padres, pues pueden juzgar las reacciones del niño dentro de esta expectativa. Sabrán cuándo se comporta según lo esperado y cuándo no. Cuando su comportamiento se salga de lo común, podrán evaluar la presencia de alguna enfermedad o de alguna reacción estresante, y pueden empezar a reconocer etapas de transición justo antes de una racha de desarrollo. Cuando se desvía de lo que es normal en él, los padres deben decidir de cuál de estos sucesos se tarta. Si es una racha de desarrollo, tal vez quieran entender esa racha antes de tomar decisiones.”

El Dr. Brazelton nos habla entonces de nueve elementos a tomar en cuenta para evaluar el temperamento de los niños. Estos fueron sugeridos por Stella Chess y Alexander Thomas, coautores del libro: Conozca a su Hijo (Know Your Child, basic books, New York). Son los siguientes:

1. Nivel de Actividad

2. Distraibilidad

3. Perseverancia

4. Acercamiento – Retirada ¿Cómo maneja situaciones nuevas y de estrés?

5. Intensidad

6. Adaptabilidad. ¿Cómo maneja las transiciones?

7. Regularidad. ¿Qué tan previsible es en cuanto al sueño, las deposiciones y otras funciones periódicas durante el día?

8. Umbral sensorial. ¿Es hiper o hiposensible al estímulo que lo rodea? ¿Es fácil estimularlo en exceso?

9. Estado de ánimo. ¿Es básicamente positivo o negativo en sus reacciones?

Tengo que confesar que la primera vez que leí estos nueve elementos me sentí un poco abrumada. Como si de la noche a la mañana, mi querido Dr. Brazelton estuviese esperando que me convirtiese en psicopedagoga. Pero la verdad, es que después de un par de leídas y algo reflexión me di cuenta, que realmente son 9 señuelos que uno puede identificar fácilmente, y que en definitiva nos ayudan como padres a acercarnos más a nuestros hijos, y sobre todo a entenderlos.

Entre otras cosas lo que me gusta de esta aproximación que hacen Chess y Thomas es que nos ayudan ver a cada niño como individuo. No es una tabla que dice que a los seis meses y cuatro días el niño debería dormir 94 minutos y 30 segundos en cada siesta. O que debe tomar 7.4 onzas cada vez que le das un tetero. Al final son seres humanos, y  me gusta mucho que nos permitan como padres hacernos una idea de cómo son nuestros hijos.

Pongo el caso de mi bebé, punto por punto: ella es sumamente activa. Le gusta que uno esté cambiando de actividad constantemente, aunque hay un par de cosas que la calman y la ayudan a tranquilizarse, como ser mecida en una hamaca por ejemplo. En cuanto a la distraibilidad, allí somos iguales, se distrae fácilmente, no le puedo dar el tetero si hay mucho estímulo porque no soporta estar lejos de la acción. Si hay muchos ruidos o voces nuevas, o entra alguien como su papá, entonces deja de comer. No es buena con el estrés, pero se adapta fácilmente. Hay que tenerle paciencia e ir empujándola un poco a experimentar nuevas sensaciones. Eso lo vi por ejemplo con la piscina. La tuve que meter tres o cuatro veces, y pegaba gritos que hacían que los demás papás me vieran con cara de “deja a la niña en paz.” Pero una vez que le agarró el golpe y se adaptó, pasó a dar gritos de felicidad. En cuanto a la regularidad, depende. Es estable con sus comidas, pues tiene buen apetito, pero el sueño varía. Hay días que la tengo que despertar para que no haga del horario un circo, y hay otras que tengo que rezar a todos los santos del calendario católico para que me duerma la siesta. En cuanto al umbral sensorial yo diría que está en el medio, aunque se tiene tendencia a la hipersensibilidad. Definitivamente diría que la puedo estimular en exceso. Y en cuanto a su estado de ánimo, es totalmente positiva. Tiene sus reacciones negativas, como la de la piscina, pero es una bebé de sonrisa fácil, capaz de pasar largos ratos jugando en su cuna solita, que sonríe a los extraños, que no llora inmediatamente cuando se asusta, que se deja vestir y peinar (la mayoría de las veces), y que nos acompaña a nuestras actividades comportándose como una niña “todo terreno.” La hemos tenido 3 horas y media en el carro cuando hemos ido a la playa, por ejemplo, y se ha comportado casi como un adulto.

Esta es una de las lecturas que más he disfrutado, y por eso decidí hacer el post. Porque creo que estos nueve elementos son importantes y sobre todo porque nos ayudan a entender a nuestros bebés como individuo. A mi modo de ver, el darles ese trato es fundamental si queremos hacer de nuestros hijos personas seguras de sí mismas, y en términos coloquiales “echadas hacía adelante.” Para mí el camino errado es forzarlos a ser como todos, así lo diga un libro, una maestra o una universidad famosa. Y sobre todo hay que tener en cuenta, que el hecho de que no se hayan desarrollado por completo no quiere decir que son tontos. Ellos perciben mucho más de los que nos imaginamos. Basta analizar su comportamiento punto por punto. Más de un padre se queda con la boca abierta.

Al Agua Patos

Uno de mis sueños de maternidad era el de meter al bebé en una piscina inflable. Yo lo pondría bajo la sombra y lo vería extasiada chapotear, mientras escuchaba el sonido del mar, metía los pies en la arena y me tomaba una solera azul del pico, para de entrada enseñarle lo que es ser un buen venezolano.

Definitivamente el tema del baño es una de las cosas que más emociona cuando uno se estrena como padre. Al principio están todos los miedos. Calidad del agua. Temperatura. ¿Jabón o gel de baño? ¿En el lavamanos se vale? Todavía recuerdo mi estrés cuando sacaba a mi hija de dos semanas de nacida y la veía tiritar. Eso la hacía más humana que cualquiera de las otras cosas que vi. Además se le ponían lo que yo llamaba piernas de frio. Se lo notaban todas las venitas de las piernas y la piel se le vía blanquísima. Y yo me sentía soez y culpable. Sólo puedo decir que la vestía tan rápido que Flash Gordon se hubiese quedado soquete.

Los primeros baños de mi bebé fueron súper bien.. Además el bebé conserva los reflejos que trae del útero de la madre, y parece que estuviera nadando. Todos decíamos que iba a hacer nadadora. La próxima Katie Hoff. Realmente parecía disfrutar el baño y a mí me encantaba.

Hasta el día que no paró de llorar desde que sintió el agua, hasta que le ponía la última prenda de ropa y la cargaba de su cambiador. Yo  me preguntaba ¿Qué habré hecho?  Repasaba mi conducta buscando algo. A lo mejor había tragado agua. A lo mejor se había resbalado. A lo mejor sencillamente no le gustaba y no iba a ser ni nadadora, ni se iba a quedar horas en su piscinita en la playa. Adiós mi adorado pescado.

Pero la verdad es que al final como todo con los bebés fue una etapa. Un truco es meterlos de espalda. Despacito. Y algo que siempre hacía era cantar. A lo mejor lo que trataba de decirme era que me callara. Es posible. Pero luego de un tiempo. Un par de semanas o un poco más. Volvió a disfrutar su baño. No sé si a todos los bebés les pasa, pero sé que a algunos sí.

Hoy por hoy, a sus 6 meses todavía tiene sus días. Está aprendiendo a sentarse y a veces se resbala en el baño y hay días que le causa gracia, otros tiene el apellido atravesado y me lo hace saber. Una cosa que hago es recostarla de la bañera y apoyar sus bracitos, como si fuera un jacuzzi. Se ve comiquísima y le encanta. Además, como ya sabe agarrar, están los amigos del baño. Eso nunca falla. Mientras uno lo haga divertido para ellos, y se acople a sus necesidades y trate de entender sus angustias las cosas van mejor.

Como siempre no hay que olvidar que los bebés lloran. Que así expresan muchas cosas, sobre todo cuando son más pequeños. Nunca olvidaré un día que la fuimos a bañar y no nos dio tiempo de calentar el agua. O mejor dicho, decidimos que hacía calor y no valía la pena. Lo cierto es que el agua estaba helada. Yo, personalmente no hubiera metido ni el dedo chiquito del pie. Por supuesto que la bebé apenas metió los cinco deditos pegó un chillido que se escuchó cuatro cuadras a la redonda. Esa fue la primera vez que la bañamos con más agua de chorro, que agua hervida. Y aunque aún hervimos porque ella toma mucho cuando se baña y yo le tengo mucho respeto a la diarrea, (no hay que olvidar que por más optimista que uno sea este es el tercer mundo) no pasó nada.

Hemos ido al mar un par de veces y le encanta. Aunque le da miedo el sonido de las olas. Si no la abrazas fuerte cuando rompe se pone a llorar. Esa parte es fascinante, la ver cómo va desplegando su personalidad. Ellos son humanos al fin. Y como en todo tienen sus días. Sus momentos. Mi bebé adora su baño de nuevo, pero sé que llegará el día en que va a llorar y suplicar para que no la mande a bañarse. Luego se encerrará ene l baño, se mojará el pelo y me dirá con descaro: ya me bañé. Por ahí pasamos todos.

“Un padre tiene dos vidas. La suya y la de su hijo.” Esa frase la leí en casa de un amigo que tiene un pizarrón en la cocina. Me quedé pensando en ella, porque apenas la leí sentí aquello del padre sobreprotector que vive la vida de su hijo y que no lo deja ser. Sin duda, todos conocemos a alguien así, a un hijo “mameco” que aunque ya no tiene pelos en la cabeza le pregunta todo a la mamá. Pero al final del día me doy cuenta que esa frase va mucho más lejos. Creo que en el fondo esa segunda vida que tenemos a través de los hijos tiene que ver mucho con lo que ya no recordamos.

Hasta hace poco yo veía la infancia, sobre todo esta época como la que vive mi hija, los primeros meses de vida, como los más felices del mundo. Puras caricias, abrazos, palabras dulces, el sueño largo, la falta de responsabilidad, nadie que te reproche, que te saque en cara o te recrimine, cero arrepentimientos, cero anhelos incumplidos, pues tarde o temprano el chupón llega o te dan el tetero. Además está aquello de que cuando llegas a un lugar sean familiares, amigos o extraños, todo el mundo te recibe con una sonrisa, con palabras y expresiones que denotan que la gente está feliz porque has llegado. No le hace falta nada. Al menos yo lo veía así. No veía la lucha. No veía la dificultad.

Pero desde que me convertí en madre, sobre todo estos últimos cuatro meses he comprendido que realmente la vida del ser humano es dura desde el principio. Lo digo puntualmente porque ahora que veo a mi hija aprendiendo a sentarse y a gatear, me doy cuenta que es exactamente lo que yo estoy haciendo en mi intento por escribir, por seguir el consejo de Píndaro de llegar a ser quien soy. Ella está sentadita y trata de mantener el equilibrio, de poner sus manos, al mismo tiempo quiere agarrar un juguete y me ve y se ríe. Yo me imagino que si pudiese me estaría diciendo lo mismo que yo digo cuando no le puedo entrar a un ejercicio de narrativa: “¡Qué peo!”

Lo mismo me había pasado por la cabeza un par de meses antes cuando estaba aprendiendo a agarrar. El hecho de que ella lograra estirar el brazo y rodear con su manito una maraca o un juguete fue una proeza que celebramos, como en las películas gringas un panel de control celebra cuando una estrella estilo Tom Cruise, desactiva una bomba que iba a destruir al mundo entero. Lo escribimos en un libro, tomamos fotos, se lo dijimos a nuestros amigos. Era un paso. Un paso importante. Y sin embargo, yo jamás lo había visto así.

Realmente me conmovió su lucha porque me hizo pensar que verdaderamente la vida no es fácil. No es fácil desde el principio. Pero si te enfocas. Si luchas. Si evitas caer en el juego de la frustración tarde o temprano y casi sin darte cuenta lo logras. Y lo que es más, una vez que lo logras pasas al siguiente reto y ya ni recuerdas el primero. Yo ahora veo a mi hija tomar un juguete con sus manos y llevárselo a la boca y me quedo loca. Entiendo ahora a esos padres que antes me hacían blasfemar cuando me decían casi gritando: ” ¡Rodrigo Ignacio aprendió a bajar las escaleras!.” Yo me enervaba, no entendía porque la cara de Miss Universo recién coronada, lo que faltaba era Walter Cronkite diciendo que era un pequeño paso para el hombre y un paso gigante para la humanidad. Pero ahora entiendo que sí. Que son esos pequeños pasos del hombre lo que hacen posible los grandes pasos de la humanidad.

Desde el principio hemos comentado que el ser humano es frágil. A diferencia de animales como caballos o peces, nace y es totalmente dependiente. Es que hasta la succión la tenemos que aprender, no sabemos ni amamantarnos, necesitamos que la madre nos guíe (y la abuela, y la tía y la consultora de lactancia). No podemos solos. Y aún así, somos la especie que domina el planeta. ¿Cómo? ¿Por qué? Porque realmente no somos tan frágiles. Somos mucho más fuertes. Somos capaces de luchar sin descansar hasta conseguirlo. Somos capaces de trazarnos una meta y combatir la frustración, tirados en el suelo sin poder decir una sola palabra, tan solo un llanto a veces desesperado. Somos la especie que se supera a sí misma. Ahora entiendo y ese es el pedazo de vida que mi hija me regalado.

Es esa segunda vida. Una segunda vida en la que entiendo todo el poder que tengo para surgir en la primera. Para jamás utilizar como excusa expresiones como no se puede o es muy difícil. Una segunda vida para entender las lecciones que no se aprendieron con la primera. La clave está en no desaprovechar ese segundo chance, pues ahí si estoy de acuerdo son Simón Díaz en que después de esta vida no hay otra oportunidad.

La Hora Loca

Todo empezaba en la noche. A veces a las 7, otras a las 12, pero siempre era de noche. Ya había comido. Ya tenía un pañal nuevo. Ya había estado despierta un rato. Se había bañado en la mañana. Tenía un mono limpio. Medias. No hacía calor. No hacía frío. Le había echado cremita. El mundo estaba perfecto, pero aún así el : wwwuuuuaaaaaaaaaaaaaaaaaa, a todo pulmón era inevitable. Llanto. Llanto y más llanto sin parar. Comenzaba lo que con los días comenzamos a llamar: la hora loca. Podía durar de una hora y media hasta tres horas en las que uno sentía que hasta el último pelo del cuerpo se le iba a caer.

Es que a uno lo preparan para todo. Para el parto, las contracciones. Para la cesárea y los puntos. Para la anestesia y las fajas que te ayudan a recoger la piel de sobra. Así mismo te llevas una canastilla con más ropa que la que tiene Celine Dion en el closet. Escarpines. Saquitos. Faldellines. Sweateres. Cremitas. Batolas. Tienes de todo, estás preparado para lo que venga. Para que el bebé buche, para que duerma, para que aprenda a comer de tu pecho o a tomar tetero. Pero nadie te prepara para una de las cosas más importantes: el llanto.

El llanto tiene una connotación que va más allá de lo negativo. Y cómo no la va a tener. Como adultos estamos ya entrenados a reconocer el llanto como un símbolo de que algo nada mal. El que llora se siente mal. Está triste. Algo le pasa. El que llora no es feliz. Y ¿qué madre se puede sentir bien si lo primero que hace su bebé al llegar a este mundo es llorar sin parar? Ni la más loca. Además las familia también se estresa. Puede ser que no tenga una reacción tan sentimental como la de la mamá toda llena de hormonas y dudas, pero también buscan formas de apaciguar los alaridos del pequeño monstruo. Aturde. Desespera. Pone los nervios de punta. Se hace de todo. Lo que sea, con tal de que el niño no llore. Si es cantar. Es cantar. Si es hablar bajito. Es hablar bajito. Pero que por favor no llore.

Ponerse la meta de que el niño no llore es casi imposible. Pero ahí está latente. La mayoría de las veces uno ve a padres, madres y abuelos frustrados tratando de hacer que un recién nacido que no tiene hambre coma. Todo porque está llorando. Como tiene pañal limpio, mono limpio y se despertó no hace mucho lo lógico es que quiera comer. Sólo que el pobre como todavía no habla no puede expresar un montón de cosas que quizás le gustaría decir y lo único que le queda es: llorar. Si además le ponen una lola o una tetina en la boca, pues más se irrita.

No sé si es que el libro no enfatizó. Si es que cuando uno visita a los recién nacidos uno los ve rosaditos y tranquilitos en sus cunas y no te imaginas otra cosa. No sé si es que como dice mi mamá, te olvidas de todo, pero nada me preparó realmente para la hora loca. Miento, Anacris mi amiga me habló del tema (la hora social lo llamaba ella), pero yo realmente no lo entendí hasta que estaba como un zombie con un bebé en llanto en los brazos. Y eso que mi bebé casi no lloraba. Sé de gente que le ha tocado mucho peor.

Leyendo mucho aprendí que los bebés “resetean” su sistema nervioso cada 24 horas. Un poco como los adultos hacemos con el sueño. Esto hace que gran cantidad de información acumulada en el cerebro, que todavía no está maduro del todo, los haga estallar en llanto. Los haga necesitar “algo” que no saben qué es. En otras palabras esta hora loca es totalmente normal, desde que nacen como hasta las 6 semanas, en que ya poco a poco el sistema nervioso va madurando y no ocurre esa ansiedad indefinible que ellos sienten.

Yo recuerdo que cada día hacía algo distinto. A veces caminaba con ella en brazos. Lograba que se calmara, pero en lo que me paraba o me sentaba volvía a llorar. Al día siguiente aquello no funcionaba. Entonces me sentaba en una silla o me acostaba en el sofá y eso era lo que funcionaba. Más de una vez mi esposo me decía preocupado:

– Será que está enferma. Llamamos al pediatra.

O le decía a ella: por favor, no llores más. Como si fuera a entender.

Uno se preocupa y se estresa. Te pasa por la cabeza de todo. “Y sí de verdad está enferma y yo no hago nada.” Yo recuerdo una noche, cuando mi bebé tenía aproximadamente dos semanas de nacida, estuvimos despiertos desde las 2 hasta pasadas las 6. No había forma de que se durmiera. Cualquier cosa la hacía llorar. Caminé con ella por toda la casa. Me senté en la mecedora. Canté. Simplemente no quería estar en su cuna. Estaba en plena hora loca. Por fin sentada en la sala sentí esa respiración que delata el sueño profundo. Había pasado una vez. Esa fue la hora loca más larga. Incluyó un tremendo buche. Y la verdad que cuando vi que salía el sol me sentí más cansada todavía.

El tema de “La hora loca” es muy pesado porque encima de que estás agotada por darle de comer, por el trabajo de parto en sí, por todo lo que implica ser mamá, (organizar el cuarto, la ropa, cambiar pañales), tienes que además acoplarte a una nueva persona. Sí. El hecho de que haya salido de tu barriga no quiere decir que no se estén conociendo. Los bebés traen su personalidad. Su forma de adaptarse al mundo. Algunos se lo toman con soda. A otros les cuesta un poco más. Ciertamente que la personalidad como tal la irán desarrollando con el paso de los meses, incluso de los primeros años, pero ya tienen un temperamento y no hay mucho que los padres podamos hacer sobre eso. Simplemente tenemos que aceptarlos y tratar de guiarlos lo mejor que podamos.

Pero como con toda relación en la vida hay algo que tener en cuenta: lo que está sintiendo uno, lo está sintiendo el otro. Si uno pierde la paciencia, si uno se desespera y se agarra los pelos y deja que los nervios y la ansiedad te dominen, lo mismo le pasará al bebé. Para dejar de llorar le hace falta saber que está seguro. Que todo está bien. Que en la barriguita estaba rico, calientico y protegido, pero que aquí en el mundo no tiene por qué ser distinto. Después de todo, te tiene a ti.

Y si estás por dar a luz o tu bebé está pequeño piensa

Algunos concejillos:

1. Recuerda esta frase: LOS BEBÉS LLORAN. Eso es lo que hacen. Yo me lo repetía para no perder la paciencia. Así como los perros ladran. Las guacharacas pegan gritos. Las nubes sueltan lluvia. Los bebés lloran. No se les puede pedir otra cosa…por el momento.

2. Trata de rodearte de gente que entienda esta premisa. Si hay alguien que se aturde o se enerva con los llantos del bebé es mejor que no lo tengas cerca durante los primeros días y menos durante su “hora loca.” Eso contribuye a estresarte a ti. Tú estresas al bebé. Se vuelve un círculo vicioso.

3. Una vez que la “hora loca” pase lo primero que debes hacer es descansar y reponerte. Nada de ir a lavar. Ni de cocinar. Ni mucho menos atender visitas. Es fundamental estar descansado. Relajarte y botar todo el estrés por el que acabas de pasar.

4. Es normal que a veces te desesperes. Si pierdes la paciencia. Si te sientes triste. No es que seas una mala mamá. Simplemente estás cansada. Por más que te prepares para la experiencia, vivirla siempre es duro.

5. Pide ayuda. Enfrentar la hora loca con alguien siempre es mucho más fácil si no estás sola.

6. Parece eterna, pero ten paciencia. Más temprano que tarde va a pasar.

7. Ve acostumbrando tu bebé, a partir del segundo mes, a estar en su cuna a una hora determinada. No importa que se despierte a las tres horas. Pero ellos poco a poco se van acostumbrando al ritmo y llegará el día en que a la hora indicada pida su cuna. ¡A mí me funcionó!

8. No le hagas caso al que te esté preguntando desde los 15 días si ya duerme la noche completa. Cada bebé tiene su ritmo. Así como uno tiene el suyo. ¡Es un ser humano, no una repollito que respira!

El tema de la lactancia es una de las primeras cosas que te preguntan cuando estás en estado: “¿piensas dar pecho?” Te lo preguntan como si fuera realmente potestad tuya. Como si no importara lo que vas a contestar. Lo cierto es que depende de con quién estés hablando la respuesta puede ser la correcta o la que te valga un regaño. Hay gente que le parece que es una esclavitud. Una aberración. Que casi que debería estar prohibido porque atenta contra los derechos de la mujer. Otras personas piensan que si uno lo hace por menos de un año, entonces es una mala madre que no piensa en su hijo, que es demasiado egoísta y que en no hacerlo prácticamente daña a su bebé. Como siempre, el punto medio es difícil de encontrar.

Yo siempre quise amamantar. Será porque fue algo que vi en mi casa. Tengo tres hermanas mayores y las tres dieron pecho a sus bebés un mínimo de 6 meses. Mi mamá insiste en que es importante y que trae muchos beneficios. En fin, la cultura de la leche materna en mi casa es fuerte. Sin embargo, a medida que se acercaba el momento de tener a mi bebé también se intensificaron los “cuentos de horror” sobre fulana, mengana y sutana que no pudieron dar pecho porque, o no tenían leche, o no tenían suficiente o aquello y lo de más allá. La verdad que siempre vi el pecho como algo natural hasta ese momento.

Así que me puse a hacer lo que yo hago desde que aprendí a leer. Leer. Me busqué distintos libros y me imaginé que estaba estudiando para un examen. Así aprendí los términos. Las técnicas. Incluso practiqué las posiciones con un cojín de esos que parecen un chorizo. Y la verdad que con eso me sentí informada. Entre los autores que encontré había un par que fueron muy relajados con la materia. Es decir, el pecho lo ven como un valor agregado, no como un daño que se le hace al niño si por cualquier motivo no lo recibe. Y para mí esto hizo toda la diferencia.

Cuando me trajeron a mi bebé por primera vez yo estaba muy impaciente porque empezara a succionar. Sabía que esto era importante para empezar a producir calostro y leche. Al principio, y esto duró varios días, no me salía casi nada. Cando digo casi nada, es casi nada. Además la bebé no sabía lo que estaba haciendo. Hacía tres o cuatro succiones y ya no quería más. La mayoría de la gente tiene en su cabeza la imagen de un bebé que toma leche sin parar, que además es gordito y rosado (cosa que muy pocos recién nacidos son) y por ende se estresan un poco cuando ven a la mamá aprendiendo. Como cualquier proceso de aprendizaje este es lento, toma su tiempo, al principio las cosas no son perfectas y bebé y mamá necesitan tiempo para adaptarse. La mamá se cansa y el bebé llora. NOTA: ES NORMAL QUE LLORE, no hay que perder la calma por eso. Es completamente normal. Todo esto me lo dijo el neonatólogo, que fue clave en el éxito que luego tuve dando pecho. Pero es aquí cuando la gente empieza a presionar y uno escucha la típica frase “no te sale nada, dale un tetero, se va a morir de hambre.”

Pues no. No se mueren de hambre y no hay que darles tetero necesariamente. Lo que necesitan es espacio. Yo la verdad tengo una familia muy grande, y aunque todos con mucho cariño intentaban ayudarme, me estaban volviendo loca. El espacio lo tuve que buscar en mi cabeza y en las conversaciones con mi médico. Mientras él me dijera que mi bebé estaba bien, yo seguía hacia adelante, confiada en mi instinto de madre. No hay que olvidar que al final el tener un niño es algo que viene de la naturaleza, por más ciencia, por más medicina, por más libro y liga de la leche, nada suplanta el instinto y eso es fundamental, no solo para amamantar sino para todo lo que viene en relación con el bebé. Yo en mi cabeza me imaginé que era una india, que estaba en el Amazonas y que sólo estábamos mi bebé y yo. Más nadie. Al final teníamos que resolver con la naturaleza las dos juntas para que le llegara la ansiada leche. Y me repetía en mi cabeza algo que me dijo mi prima a quien le costó mucho dar pecho: Si no es hoy. Es mañana.

Así me relajé y como al quinto día me bajó por fin la leche. Me puse como una especie de modelo de taller mecánico. No me cabían las lolas en ningún lado. No podía dormir boca abajo. No resistía estar sin sostén. Mi problema pasó de ser cero leche a ser demasiada leche. La bebé no quería agarrar el pecho porque estaba demasiado lleno. Estuve a punto de una mastitis. Y al final lo que me salvó fue que a tiempo me saqué todo con un tira leche. Y listo el problema. Se redujeron de tamaño, la bebé agarró y comenzó a comer y yo feliz.

Aunque no del todo. Se me rompieron y sangré. Me echaba lanolina cada vez que terminaba una comida, y además una cremita cicatrizante, Vandol, que me recomendó mi hada madrina, mi mejor amiga que es médico. Eso lo tuve que aguantar como 5 días. Eso sí, cuando se me quitó. Se me quitó. Y debo decir que a pesar de los problemas, dar pecho ha sido una de las experiencias más increíbles que he vivido y sigo viviendo. La bebé tiene 5 meses y yo sigo. ¿Hasta cuándo? No sé. Hasta que duren la leche y las ganas. No me presiono. No me pongo metas locas, porque siento que eso es robarle el sentido a una cosa que tiene ser un regalo que uno le da al bebé y a uno mismo. Cuando pasa a ser una tortura, así sea al segundo día de nacido, hasta ahí debe llegar.

Por ahora sigo siendo la Vaca Milka. Al menos así me dicen en mi casa, pues hasta hace poco se me desbordaban a la hora que le tocaba comer a la bebé como un reloj. Y también cuando me bañaba o me mojaba. No quiero ni contar lo que me pasó una vez que fuimos a la playa. Ni modo. Yo no paso pena pues es algo totalmente natural.

Una cosa más que me pasó. Cuando mi bebé tenía 15 días me agoté por la cantidad de visitas. Y como por arte de magia me empezó a salir menos leche. De hecho en esos días la bebé perdió peso y el pediatra estuvo a punto de mandarle fórmula. Así que el que piense que eso de que uno no puede dar pecho si está estresado es cuento de abuelas, yo que no tengo nietos le digo: es verdad. Lo certifico.

Unos consejitos de la Vaca Milka para las que estén por dar pecho:

1. El Lema: Si no es hoy, es mañana. Es muy raro que una mujer no tenga leche, más raro de lo que las numerosas historias de horror nos hacen pensar. Pero se toma su tiempo, hay que tener paciencia.

2. Al principio toman tres traguitos y ya. Es normal. Es normal que pierdan peso los primeros 15 días y se vayan recuperando. Siempre que el pediatra diga que está bien, no hay por qué alarmarse.

3. La crema de LANOLINA es fundamental. Hay que echársela después de cada comida e incluso, antes de dar a luz, así se va fortaleciendo la piel del pezón que es muy sensible y por eso se agrieta.

4. Jamás quitar al bebé de un golpe cuando está succionando. Eso rompe la piel en el acto (me pasó a los 3 meses y yo pensaba que ya los tenía de acero, pero no).

5. Si los pezones duelen, sangran o si el bebé tiene trabajo agarrándose es válido ayudarse con Pezoneras. No es cierto que luego el bebé no vaya a querer el pecho. Yo las usé y en los momentos de dolor fueron un salva vidas. Además luego ayudan para que el bebé acepte el tetero.

6. Un buen tira leche es casi más importante que la cuna. No sólo ayuda a estimular la producción, sino que además, si están muy llenas y el bebé no está comiendo tanto por cualquier motivo, desde una gripe hasta que igual que uno hay días que no tienen tanta hambre, uno logra sacar el exceso y evitar problemas. Además tener leche guardada es clave para cualquier emergencia.

7. No todo llanto es por hambre. Cada vez que el bebé llora alguien dice: tiene hambre. No necesariamente. Los bebés lloran. Es una realidad. Por muchos motivos desde el pañal, hasta el simple hecho de que están acostumbrándose al mundo. No hay que saltar a la conclusión de que no está comiendo suficiente sólo porque llora.

8. El pipí es la clave. Si tienes 6 o más pañales de pipí al día el bebé está bien alimentado. Y por supuesto su talla y su peso. Esa es la señal, si eso se cumple, puedes estar tranquila. (yo llevaba un conteo de pañales, el tiempo que mi bebé pasaba comiendo jamás fue una guía para mí, ella a veces comía en 9 minutos y a veces me tenía una hora y media en una comida. Es un ser humano, ¡no un robot!”)

9.  Los bebés de pecho no son tan gorditos como los de fórmula. Que el niño no sea obeso no quiere decir que no está sano.

Con los Pies Primero

Si algo tiene el ser humano es que no es absoluto. Es decir, cada quien vive las experiencias a su manera. Cada quien se desarrolla a su ritmo. Lo que para uno es trauma para otro es un paseo. El embarazo por supuesto no escapa a esa realidad. Por eso no me gustan los libros o publicaciones que dicen: Semana X: usted se verá al espejo y notará que sus barriga está a 2.34 centímetros del hueso peripoideo. Además te lo ponen en un idioma que te hace correr a buscar al diccionario. Tengo amigas que cumplían esas reglas. Tengo otras que jamás dieron con una de esas publicaciones. Después estoy yo, un poco en el medio. A veces las cumplía, otras no tanto.

Cuando se me daba salía corriendo a decirle a mi esposo: Hoy nuestro bebé está así y asao. Y le enumeraba un montón de cosas que se suponía se habían formado. De paso, si decía que ese día me tocaba algún síntoma. Me daba. Nunca supe si me daba por el embarazo o porque ese día estaba en sintonía con el libro.

El problema venía cuando la cosa no era como el libro. Entonces iba corriendo a decirle a mi esposo: chamo. El libro dice que hoy debería tener un ojo más chiquito que el otro y yo me los veo del mismo tamaño. Entonces nos poníamos como locos. Sacábamos reglas para medir los ojos. Les preguntábamos a amigos con hijos, que nos decían que ellos habían sido iguales. Pero que luego se dieron cuenta que tanta preocupación no vale la pena.  Pero uno igual se preocupa.

Durante todo el embarazo yo estuve, como ya mencioné, aquí y allá. Eso sí, llegados las 19 semanas mi médico me advirtió:

– Tu bebé. No se ha volteado. 70% chance de que sí lo haga. Pero 30% que no lo logre. Prepárate, porque si llega al final con los pies primero, tenemos que hacer cesárea.

Me lo dijo porque desde el día uno yo le había dicho que yo quería mi parto natural. Tengo 3 hermanas. Todas han tenido a sus hijos por parto natural. Mis otros tres sobrinos fueron por parto natural. Mi mamá tuvo 4 partos naturales. Es decir, este blog estuvo a punto de llamarse Parto Natural. Todos los libros que te lees hablan de EL PARTO NATURAL. Ciertamente traen información sobre cesárea, pero es así como, para esos casos de las extra-terrestres a quienes practican una cesárea. Si pudieran les pondrían letras rojas y lo marcaran con algo que dijese: leer sólo en caso de emergencia.

En ese momento me lo tomé light. Además me empezaron a llover los mil y un cuentos:

A mi prima se le acomodó el día antes de dar a luz. A la hermana de mi vecina le fueron a hacer la cesárea y la devolvieron porque el muchacho se había volteado. A mi cuñada la mandaron a gatear. A mi mejor amiga a nadar. Cuando yo nací mi mamá tuvo que hacer una torta de dátiles y yo me volteé. En fin…eso uno lo sabe de sobra y lo tocaremos en otro post, la gente lo vuelve loco a uno con cuentos, sobre todo de horror. Lo cierto es que yo hice todo lo que me recomendaron.

Ya cuando me faltaban dos meses y pico, el médico me dijo. Amiga, prepárese porque ese bebé que usted tiene adentro no está buscando su posición. Cabe destacar que yo hice algo más que un puchero. De entrada se me salió una lágrima y salí del consultorio sintiendo que había fallado en algo. No hice el curso pre-natal, porque sabía que me iban a inyectar más datos sobre la maravilla del parto natural y lo negativo de la cesárea. Ese día me sentí súper mal.

Pero después decidí que si al final del camino lo mejor para las dos era la cesárea, pues no había nada que yo pudiera hacer. Después de todo, no iba a arriesgar a mi bebé y mi propia salud, por el capricho de querer ser como todo el mundo, o querer hacer “lo que el libro dice.” Y algo que es muy importante, yo confiaba en mi médico. Si no confías, entonces tienes que cambiar. Pero estar de un lado al otro buscando opiniones generalmente crea mucha confusión, y si algo sale mal es mucho más duro no sentirse culpable o impotente. Así que me mentalicé.

En ningún libro había un capítulo que dijera algo así como “es posible que su bebé no se volteé.” De hecho el único que lo decía lo ponía en el apartado de “cosas que van mal.” Eso añadió a mi angustia. Cada cita mareaba al obstetra preguntándole si estaba seguro de que el hecho de que no se hubiera volteado, era que había pasado por alto alguna de las tantas anomalías que citaba el libro como “motivos” para que un bebé no se ponga cabeza abajo. “Tranquila.” Me decía con paciencia. “Son pocos casos. Sí. Pero eso pasa.” Y esta frase que amo: Que no sea común, no quiere decir que no sea normal.  

No perdí la esperanza. No dejé de gatear. No dejé de intentar convencer a mi bebé de que se diera la vuelta. Hablándole. Hasta inventé una canción. Creo que ella no tenía el espacio para hacerlo. Se movía muchísimo y yo me imaginaba que trataba de hacerlo. Cuando llegó la semana 38 y fue la hora de nacer ya yo estaba mentalizada y ese día fue el mejor de mi vida. Mi nena vino con los pies primero a pisar duro y fuerte en la vida. Y yo pues no me arrepiento de nada de lo que viví. Cómo fue la cesárea lo contaré en estos días. Eso sí, al final aprendes que el parto no es lo que te hace mamá. Es lo que viene después.

Clarissa durmiendo con mamá

Si hay un estereotipo fuerte, ese es  el de la madre. Mi hija nació hace cinco meses y ya hay un montón de cosas que la gente espera que yo haga. Que yo deje de hacer. Que yo quiera. Que yo sepa. Que yo no sepa, porque soy primeriza. Es tanto lo que la gente espera de uno, que terminas agotada. A veces me miro al espejo y pienso: “me quiero ir a lugar estilo Aruba. Una isla. Donde no conozca a nadie. Donde pueda estar sola y ninguna persona cuestione o comente sobre todo lo que hago.”

Dicen que la mujer está liberada. Pero yo no sé si lo que estamos viviendo es una liberación o es más bien una trampa. Si no trabajas, entonces te tratan como un coroto que no sirve para nada. No tienes ambiciones. No tienes metas. No eres más que un accesorio que bien podría venir con la casa en la que vives. Nadie aprecia lo que haces.

Si por el contrario trabajas, entonces te ven así como si fueses el ogro de la película. El malo. Casi te dicen, “para qué te pusiste a tener chamos.” Los dejas todo el día. Si ya te sentías culpable por dejar a tus hijos, entonces es peor porque te lo hacen sentir. Como si tú no supieras que hay cosas que te pierdes. Te sacan en cara artículos sobre la cantidad de tiempo que uno pasa con los hijos y su desempeño en la vida. O el hecho de que como tienes la cabeza en mil lugares, entonces no te sabes de memoria el resultado de los últimos estudios que se hicieron sobre los 3500 tipos de fórmula a nivel mundial, y su impacto a futuro en el sistema digestivo de los niños. Es decir. Serás muy buena profesional, pero como mamá. Mediocre tirando a mala.

Como todo en la vida es importante tener un equilibrio. Yo en lo personal pienso que cada persona nació con una misión en la vida. Hay algunas que no tienen que salir de su casa para lograrla. Hay otras que no tienen más remedio que salir a trabajar para apoyar a su familia y salir adelante. Mi mamá trabajó toda la vida. No nos llevó personalmente a las clases de natación. Ni se fajaba a hacer tortas para nuestros compañeros. Era de las que tenía mil cosas en la cabeza y tenía que abrir un hueco para llevarnos a comprar esos zapatos que ya nos hacían falta. Pero abría el hueco y fue un gran ejemplo. Salimos con nuestras cosas, pero no salimos tan mal.

Hay que estar claros, que no hay una fórmula para crear el ser humano perfecto. No existe. A cada uno le toca su vida. La clase de padre que decidamos ser dependerá de cada uno. De lo que hayamos vivido de pequeños. De cómo hayamos concebido a nuestro hijo. De cuáles son nuestras circunstancias económicas, sociales, sentimentales, laborales. Pero sobre todo hay que estar claros, que mientras les estemos dando amor a nuestros hijos. Una casa. Un hogar. Una fuente de cariño y apoyo, no hay por qué sentirse culpable.

Yo decidí botar la culpa a la basura y disfrutar mi maternidad. Al máximo. Los comentarios. Las expectativas. Las opiniones de las demás de personas, se pueden ir a pasear por el Arco de Triunfo. Yo voy a ser la mamá que quiero ser. Voy a darle todo el amor que puedo a mi hija, sin renunciar a mi vida y a mis sueños. Es algo que escuché dentro de mí misma. Porque por más cursi que suene, si una voz que toda madre tiene que escuchar. Esa es la voz de su propio corazón. Y como dicen la canción de Mecano: “lo que opinen los demás. Está. De más.”